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domingo, 9 de junio de 2019

Claustrum sine armario, quasi castrum sine armamentario

O acerca de cómo se guardaban los libros

Geoffrey de Breteuil (c. 1125 - c. 1195), teólogo y monje francés, es el autor de esta conocida cita: "Un convento sin biblioteca, es como un castillo sin arsenal" (ALLEN, 2011, p.115) . Y es que los libros son la munición del espíritu y siendo objetos de gran valor, fueron celosamente atesorados.

Ese "armarium" era el lugar en el que se almacenaban los preciados volúmenes y es, precisamente, la forma de guardar los libros a lo largo de la historia el tema al que vamos a dedicar esta entrada.

En los tiempos de Godofredo, el s. XII, el formato de los libros era ya el de códice: pliegos doblados formando cuadernillos, cosidos entre sí y protegidos por una encuadernación. Y los armarios donde se guardaban eran parecidos a lo que hoy llamaríamos alacenas o roperos, tendiendo cada vez más a cerrarlos  bajo llave durante la Edad Media (PETROSKI, 2002, p. 62).

La representación más famosa de un "armarium" medieval se puede encontrar
en un famoso manuscrito del s.VIII, la Biblia conocida como Códice Amiatinus.
En el fol. 5r, hay una miniatura que representa a Ezra escribiendo junto
un gran armario de libros, estos están colocados en vertical sobre los estantes. Fuente: aquí.


Primera representación conocida de un "armarium", aparece en un sarcófago de mármol
de la Villa Balestra en Roma. Datado h. 200 d.C. La pequeña librería tiene las puertas abiertas
 y vemos tres baldas, la superior con ocho rollos, la del medio con un objeto parecido
 a un plato o bol. Encima está apoyado lo que parecen unas tablillas de cera donde
 quizás el lector fuera tomando apuntes. Fuente: aquí.
 

"Armarium" del Monasterio de La Oliva. Fuente: aquí.

También se usaban como sistema de almacenaje los cofres de libros. Durante el medievo, el traslado de una biblioteca solía hacerse en los mismos cofres donde se guardaba. Los había que se cerraban con una o varias llaves y algunos tenían patas que elevaban su base por encima del suelo, protegiéndolo de la humedad (PETROSKI, 2002, p. 71).

Detalle de: Cambrai, 1320-40, Bibl. mun., ms. 0620, f. 001 - vue 7, s. Fuente: aquí.


Detalle de: Cambrai, 1320-40, Bibl. mun., ms. 0620,  f. 001 - vue 4. Fuente: aquí.


La producción de manuscritos en Europa durante el s. XII se calcula en unos 900 mil ejemplares (superando con creces los 250 mil del siglo anterior) (BURINGH et al., 2009). Los libros se realizaban, en su mayoría, en monasterios, pero con el nacimiento y desarrollo de las universidades esta tarea salta los muros conventuales, secularizándose cada vez más su elaboración.

Los cofres de libros, especialmente en los monasterios, se multiplicaban sin cesar. Este sistema era práctico para salvaguardar los valiosos códices, pero creaba problemas de gestión y accesibilidad. Dentro de los baúles los manuscritos se apilaban unos sobre otros, identificándose el contenido de cada cofre mediante una tabla pegada al interior de la tapa.

Los armarios equipados con estantes facilitaron un mayor cuidado de los libros, permitiendo de forma mas sencilla encontrar y consultar el volumen deseado.

A medida que los fondos fueron creciendo en los monasterios y, luego, en las iglesias y universidades, se empezaron a destinar habitaciones separadas para su almacenamiento (PETROSKI, 2002, pp.85-86). Comienzan a gestarse las grandes bibliotecas.

S. XII-XV

La mayoría de las representaciones antiguas de interiores con bibliotecas son del s. XV.

En estas imágenes abundan dos modalidades:

- Libros en estantes inclinados, que se apoyan sobre el corte inferior y la trasera. De esta forma se exhibía la encuadernación cual obra de arte (PETROSKI, 2002, p. 57). Este sistema de sujeción del libro verticalmente inclinado se emplearía también en el diseño de los atriles.

Detalle de la obra de Vittore Carpaccio. Visión de San Agustín 1502.
Scuola di San Giorgio degli Schiavoni. Fuente: aquí.



Simon Bening (Flemish, 1483-1561). St. Luke Writing in Crown, 1521.
Painting on parchment, 5 3/16 x 3 11/16 in. (13.2 x 9.3 cm).
Brooklyn Museum, Bequest of A. Augustus Healy, 11.504 (Photo: Brooklyn Museum, 11.504_PS2.jpg). Fuente: aquí.



Se conservan ejemplares cuyas encuadernaciones estaban dotadas de unos tacos o clavos metálicos en el corte inferior, sobre el que se apoyarían los libros en este tipo de estanterías inclinadas, así como en los atriles.

Late medieval bookbinding with "feet," Leiden, University Library, BUR MS Q 1, c. 1100.
Photo: Erik Kwakkel. Fuente: aquí.


- Libros en estanterías guardados horizontalmente con uno de los cortes inferior, superior o delantero a la vista.

Simon De Hesdin au travail dans son cabinet 1479 par un maître anonyme Bruges au XVe siècle.
British Library Royal 18 E III f. 24. Fuente: aquí.



Hl. Ambrosius, 1490-95. Wien, Österreichische Galerie. Fuente: aquí.



S. XVI

Con la expansión de la imprenta por Europa la producción de libros experimenta un crecimiento sin precedentes, durante este siglo se contabilizan 300 millones ejemplares impresos, y había que ir haciéndoles hueco. Apoyar los libros en los estantes sobre su corte inferior exhibiendo su tapa, o abierto como en la imagen inferior, ocupaba un espacio que empezaba a escasear. La ordenación de las bibliotecas comienza a experimentar con variantes y se buscan nuevas formas de apilar los volúmenes

Bonaventure, a biographer of Francis of Assisi, in his study. Attributed to Stefano Lunetti, Bonaventure, Legend and Life of Francis of Assisi (with Miracles), Florence, 1504;Harley MS 3229, f. 26r. Fuente: aquí. 

En la siguiente imagen es curioso ver uno de los libritos sobre la mesa que descansa sobre su corte delantero, igualmente están así almacenados los que se ven en la estantería del fondo.

Cardinal Albrect of Brandenburg as St. Jerome. Painting by Lucas Cranach the Elder (1526). The painting is in a private collection. Fuente: aquí.


S. XVII

El volumen de producción de libros sigue en aumento, durante este siglo se calculan unos 700 millones de libros impresos en Europa. Las bibliotecas se afanaban en buscar fórmulas para dar hueco al creciente número de volúmenes que iban llenando los espacios destinados a albergar sus colecciones.

Guardar los libros exponiendo su plano anterior ocupaba demasisdo espacio y apilar los libros horizontalmente se hizo muy poco práctico al aumentar el número de ejemplares. En cambio, si se almacenaban verticalmente uno junto a otro, se podía disponer de la obra buscada con facilidad, aumentando la capacidad de almacenaje en las estanterías. Teniendo en cuenta que para controlar las colecciones los libros eran encadenados a los muebles, la forma más lógica de colocarlos en posición vertical era con el corte delantero hacia fuera.

Grabado de la Biblioteca de la Universidad de Leiden de 1610, impreso por Woudanus. Fuente: aquí. 

Aquí aún podemos ver los libros guardados verticalmente y con el corte delantero hacia fuera.

 Cupid tugs at the sleeve of the scholar immersed in his books to point to his mother Venus hammering a heart on an anvil before ?the scholar's wife/girlfriend. From the album of Johannes Amstel van Mijnden -- allentries dated 1600-1602. Den Haag, KB 74 j 37, f.7r. 

En este grabado satírico vemos la estantería llena de libros, la mayoría en vertical, pero todos con uno de sus cortes a la vista.

DescriptionFrontispiece to "Pedantius. Comoedia Olim Cantabrig. Acta" (1631): an elaborately-dressed schoolmaster, probably representing Dr Thomas Beard, stands full-length, holding a birch, with two pupils behind him and a shelf of books over his head. 1631
Engraving. Fuente: aquí. 

Esta librería apila unos libros sobre otros, en horizontal, con el corte inferior expuesto y la intitulación.

Francesco Righetti, ca. 1626-1628 by Guercino (1591-1666) via:@Libroantiguo. 

En la siguiente pintura vemos que tiene un poco de todo.

Vanitas with a Sundial, c.1626-40 (oil on canvas) Posters & Prints by French School. 

Este otro grabado es muy interesante, en el podemos ver los libros almacenados verticalmente (salvo un par de ellos) pero algunos ya se guardan con el lomo hacia fuera.

Jaques Du Bosc. The excellent woman. London, 1692. Folger Shakespeare Library. Fuente: aquí. 


S. XVIII

En el siglo de las luces son 1.000 millones los libros que salen de las imprentas europeas. Cifras que lejos quedan ya de los casi 27 millones de manuscritos e impresos producidos durante todo el s. XV. El mercado estaba poniendo al límite la capacidad de los productores de papel, encuadernadores, etc. (pero estos puntos los trataremos en otra entrada). Las bibliotecas rebosaban libros y cada vez mas gente podía permitirse tener su propio gabinete privado de lectura

Giuseppe Maria Crespi 'Bookshelves with music books' 1725-30 Oil on canvas Civico Museo Bibliografico Musicale, Italy. 

S. XIX-XX

Para esta época veremos solo unas cuantas imágenes que ilustran perfectamente la forma en la que los libros eran almacenados, sistema que ya nos es del todo familiar, a grandes rasgos.

Sobre el s.XIX y el libro hablaremos en el futuro en diversas entradas ya que es una época que me fascina.

Depósito de la Biblioteca Nacional. Fot Carlos Montes. Fuente:aquí. 

Sección de catalogación de la Biblioteca Nacional. Fot Miguel Cortés Faure. Fuente: aquí. 

A MODO DE CONCLUSIÓN

Todo lo que hemos visto sobre la cronología y la forma de almacenar los libros no es normativo, al final cada cual guardaba los libros a su manera y de hecho me ha llamado la atención (aparte de por el ingenio de lectura múltiple) este grabado de finales del s. XVI:

 “The Diverse and Artifactitious Machines of Captain Agostino Ramelli”, 1588.

Creo que uno de los análisis interesantes, y de relevancia para el conservador-restaurador, sobre el modo en que se guardaron en un momento dado los libros (sistema que, además, la mayor parte de las veces se ha visto alterado) es poder descubir ciertas evidencias de estos hábitos en su materialidad, como pueden ser la presencia de ciertos refuerzos, anclajes, marcas de desgaste, intitulaciones, etc. Detalles que con el estudio y la observación, analizados en su contexto, podrían ser revelados como evidencias.

Y es que sólo aprendiendo a mirar, podremos empezar a ver.

















jueves, 28 de febrero de 2019

Salvaderas: las arenas del tiempo


Seguramente, alguna vez os habréis encontrado entre las páginas de antiguos manuscritos una serie de pequeñas partículas que suelen deslizarse hasta el lomo de los cuadernillos, donde van acumulándose, en algunos casos, con gran profusión.

A veces también se aprecian sobre los trazos de escritura unas concreciones bastante llamativas, si bien algunas podrían ser parte de los ingredientes de la propia tinta, es muy probable que aquellas de mayor tamaño se hayan depositado con posterioridad, ya que las tintas caligráficas deben ser fluidas y tales corpúsculos habrían impedido o complicado enormemente la tarea al escribano.


La pregunta que surge entonces es qué son estas partículas y de dónde provienen. Las respuestas también nos ayudarán a los conservadores - restauradores a tomar una decisión consciente a la hora de abordar tratamientos en los documentos que presenten estos materiales.

Una de las cualidades necesarias en la formulación de las tintas caligráficas era su capacidad de secado oreo, proceso que se reforzaría con el empleo de un producto que se espolvoreaba sobre las páginas recién escritas. Conocidas con el nombre de arenilla, arena secante o polvos de salvadera, su uso precedió al de los papeles secantes, que aparecieron hacia 1840.

El empleo de este tipo de arena secante presenta antecedentes en las capas preparatorias para soportes de escritura, que favorecerían la penetración y fijación adecuada de la tinta, como los polvos de piedra pómez en pergaminos, aunque en estos casos su aplicación era previa a la escritura (MELL, 2010, p. 21).

La composición de estos secativos era variada, entre sus ingredientes figuraban partículas molidas de minerales blandos como talco o calcita, goma sandáraca (LIPPERT, 1987, p.126), piedra pómez, arena de playa (usada desde 1790’s sg. Lippert, 1987, p.126), conchas o maderas finamente trituradas; también fueron empleadas ralladuras de metales como hierro (desaconsejado por Paronce “pues su inconveniente menor es el de roer el papel”), polvo de  mica (BUENDÍA, 2006, p.2) o galena (plomo mineralizado) molida (BOWLES, 1789, p.439). Estos preparados se vendían en diferentes colores: azul, verde, negro, rosa, amarillo, etc. (PARONCE, 1835, p.59), presentándose en cajas, paquetes y a granel “Polvos de salvadera a seis cuartos de libra” anunciaban en el Semanario de Avisos de 1844 (BUENDÍA, 2006, p.2) y en el periódico El Droguero de 1857 (nº17, año II) se anunciaban “Polvos de Salvadera, 14 rs. la arroba”.

Para espolvorear la arenilla sobre los documentos se utilizaron unos recipientes especiales, las salvaderas (pounce pots) o arenilleros (OSTOS et al., 1997, p. 87). Parecidos a saleros, estos botes se rellenaban con la arena secativa y sus tapas perforadas permitían que cayera el contenido sobre los escritos, en el Tratado del Origen y Arte de Escribir de 1766 de Fr. Luis de Olod se describe hasta el tamaño que debían tener los orificios, especificando que “sean pequeños, porque siendo demasiadamente grandes dan los polvos con mucha liberalidad, perjudicando la letra y dañando lo escrito” (BUENDÍA, 2006, p.2).  También hubo salvaderas sin tapa agujereada o salvaderas descubiertas, que requerían la aplicación de la arenilla con los dedos, una concha u otro cuerpo intermedio (PARONCE, 1835, p.58).

Las salvaderas se fabricaron con diseños y materiales variados, tenemos ejemplos en porcelana (ej. Limoges), cerámica (ej. Talavera, Manises), loza, maderas (boj),  metales, cuerno, cristal (BUENDÍA, 2006, p.2), las  más lujosas formaban parte de elaboradas escribanías.

El uso de los papeles secantes (que se podían colocar en un rodillo llamado secafirmas) fue desplazando al de la arena, que finalmente desaparece del mercado. Ya en 1902 Rufino Blanco en su libro el Arte de la Escritura y de la Caligrafíamencionaba que “la arenilla quita al trazado parte de la tinta y la descolora; además, deja la superficie del papel muy desigual para escribir por el lado opuesto y destruye la encuadernación de los libros en que se usa”. También son repetidas las referencias a los desastres que se producían al confundir el tintero con la salvadera, con las consiguientes manchas (BUENDÍA, 2006, p.2).

En el Nuevo Catálogo General de Recarte hijo de 1907 aun podemos encontrar a la venta arenilla.

En el libro de 1916 Programa de Caligrafía de D. Pablo Guilarte y Busto se especifica en la lección 17 como parte de los instrumentos necesarios para escribir bien la arenilla, figurando también el papel secante. (Texto completo aquí)

Y ya en el catálogo de 1928 Nuestro Viajante de J. Millat, encontramos que no aparece a la venta la arenilla de salvadera, solo los papeles secantes. 

La salvadera, una palabra hoy en desuso, por no decir que casi en el olvido, fue en sus días empleada como figura literaria, veamos algunos ejemplos:
  • “Unas medias de seda con más agujeros que una criba o una salvadera”. 
  • “Mi familia no tenía otras tierras que la arenilla de la salvadera” (BUENDÍA, 2006, p.2). 
  • “Hecho polvos en salvadera quiero estar, antes que verlos dueños de todo” (QUEVEDO, 1741, p.359). 
  • “De modo – replicó el cirujano- que como no está al alcance de todos la virtud de matar lombrices con polvos de salvadera…” (PEREDA, 1891, p.210).
Un uso curioso de los polvos de salvadera aparece descrito en la obra El azafrán y el añil de José López y Camuñas en 1890 (p.36) en el que se empleaban como parte de la fórmula del crémor tártaro, producto que servía para descubrir adulteraciones y fraudes del azafrán.

La salvadera, empleada para salvar, poner en seguro, es decir secar la tinta reciente y evitar que se corriese y se formase borrón (PÉREZ Y RIVERO, 2006, p.71). 

La salvadera, hoy día casi olvidada, pero aún patente su empleo sobre tantos manuscritos, forma ya parte de la historia de los documentos gráficos, un objeto de las escribanías del pasado, he aquí la salvadera y las arenas del tiempo. 

Juego de tintero y salvadera de cerámica. Colección particular.
 ©Covadonga Miravalles.






Última revisión: 03/03/2019

miércoles, 6 de febrero de 2019

La Biblioteca del Mont Saint-Michel


La fundación primitiva del santuario se remonta al s.VIII. Aunque es en el s.X cuando se tiene noticia de la creación de un scriptorium que continua su actividad hasta el s.XVI.


De la biblioteca medieval se conservan unos 200 manuscritos, aunque se especula con que pudieron llegar a poseer unos 800, fondos que fueron perdiéndose a causa de catástrofes, dejadez y vandalismo... La temática de estos documentos es sobre todo religiosa, pero curiosamente también albergaron varios libros sobre historia, legislación, música, astronomía, medicina y filosofía (¡incluso la Retórica de Aristóteles!).

Fuente: "The Mont Saint-Michel manuscripts" (LESERVOISIER, 2007)

La historia de la abadía es fascinante, os recomiendo este interesante documental:

Como complemento final acompañamos este tour con unas bonitas vistas estereoscópicas del Mont Saint-Michel de Bruguière, adquiridas en la Feria de Antigüedades de Gijón, un pasatiempo muy decimonónico que pone fin a nuestra aventura bibliófila de fin de semana. 







viernes, 16 de agosto de 2013

Fuentes de Estudio para la Arqueología del Libro. Encuadernaciones: oficio y estructuras.

En esta entrada retomamos uno de mis campos de investigación favoritos: la arqueología del libro, centrándonos en el estudio de las encuadernaciones. Es evidente que los estudios artísticos sobre encuadernaciones ocupan abundante bibliografía, no siendo así en el caso del análisis de su estructura. Sobre este tema hay muy poca literatura y conviene acudir a todas las fuentes posibles para ahondar en su investigación.

Lo primero que tendremos en cuenta es la vinculación de su elaboración con el medio en el que se produce, puesto que todo lo que rodea al objeto se plasma en su materialidad. Por tanto no puede separarse de esta investigación la propia historia del oficio de encuadernador, que nos aportará numerosas claves indispensables para identificar evidencias.

Ya hemos hablado de la importancia de considerar la encuadernación como el resultado de una actividad económica. Recordaremos que la historia de la encuadernación es la historia de: un oficio artesano, una actividad comercial y la cultura del libro.

Para investigar las técnicas históricas de este oficio son verdaderamente útiles los antiguos manuales de encuadernación. Lamentablemente, estos no son muy abundantes y en su estudio hay que tener en cuenta varias consideraciones. 

Lo primero que debemos valorar es si se trata de un manual escrito por un artesano local o si es una traducción de otro libro extranjero. Lo más interesante es encontrar manuales autóctonos, de este modo se pueden comparar las técnicas de distintas áreas geográficas y estudiar las similitudes y diferencias. Siempre teniendo presente que esta no es una ciencia exacta, pues es de sobra conocido que los maestros encuadernadores viajaban de un lugar a otro llevándose consigo sus técnicas particulares. Aún así, es posible detectar ciertas prácticas que pueden vincular una obra a un lugar y período concreto. No olvidemos que queda mucho trabajo por hacer en este campo de investigación.

Hay que tener presente que no solo los manuales monográficos son de interés, cualquier referencia en libros de cultura general, láminas, ilustraciones, pinturas y otros documentos gráficos son fuentes de estudio a tener en cuenta.

En Europa la primera ilustración de un taller de encuadernación aparece en el libro de Jost Amman, Stände und Handwerker, publicado en 1568 en Frankfurt. En este libro nos encontramos con una preciosa xilografía  titulada "Der Buchbinder".



En ella vemos un pequeño taller en el que están trabajando dos personas. Al fondo un hombre cose los cuadernillos en un gran bastidor (observar los nervios sujetos con ganchos). En primer plano otro  hombre realiza la tarea de sesgar los folios. A sus pies aparecen otras herramientas interesantes como el martillo (terminado en forma de disco) para golpear las hojas. El "golpeador" (este término es una traducción personal del término inglés "beater of books") era el que menos cobraba en un taller de encuadernación, su trabajo consistía en reducir las marcas que la caja de imprenta dejaba en las hojas para darles a los folios un aspecto más uniforme.

El primer manual sobre el oficio conservado en Europa es también alemán. Escrito por el encuadernador Anshelmus Faust en 1619 para la abadía cisterciense de Saint Bernhard, cerca de Antwerp. Describe muchos procesos de gran interés, por ejemplo cómo teñir y dorar cueros y pergaminos, la preparación de pigmentos, técnicas de encuadernación, etc.  Se publicó una edición en alemán y francés en 1987. Lamentablemente no he encontrado imágenes para poder comentar aquí.

Recordemos que hay que ser prudentes con las primeras descripciones sobre el oficio, muchas veces se trataba de traducciones de manuales de otros países. En la obra de John Amos Orbis sensualium pictus, publicada en Londres en 1659, tenemos un ejemplo de una obra traducida al inglés que nos describe técnicas típicamente germanas. La edición original fue publicada en alemán y latín en 1658 en Núremberg.


A la izquierda vemos en acción al golpeador de libros trabajando sobre una robusta mesa muy adecuada para esta labor. A la derecha, el taller con el telar de ganchos. Colgando del techo hay unos pliegos de papel. Estamos en el s.XVII, época en la que los alemanes aprestaban los papeles con gelatina y, como vemos, este paso lo llevaba a cabo el encuadernador (los ingleses lo hacían antes de llegar al taller de encuadernación). También era su responsabilidad ordenar correctamente las páginas, que después se golpeaban con el martillo y se cosían en el telar. En la zona de los nervios donde estaban clavados los ganchos quedaban unos pequeños agujeros, evidencias del uso de este sistema de sujección. En el suelo se aprecia un cuchillo redondo, su uso no llegó a extenderse por Inglaterra donde se usaba el cuchillo recto, el redondo era más difícil de manejar pero mucho más durable.

Otra interesante publicación del s.XVII es la de Christoff Weigel, de 1698, Abbildung Der Gemein-Nützlichen Haupt-Stände Von denen Regenten. Esta obra se describen numerosos oficios entre los cuales encontramos algunos de gran interés para nuestro estudio.



En esta lámina titulada "Der Buchbinder" aparece representado un bonito y luminoso taller de encuadernación que también es librería. Muchos talleres vendían los libros en rama, para que el cliente eligiera la encuadernación que más se adaptara a sus gustos (o a su bolsillo). El mismo libro podía variar sustancialmente su precio según el tipo de encuadernación que se le pusiera, por esto mismo es de gran interés el considerar los "factores económicos" de cada ejemplar. Más adelante trataremos este punto más a fondo para conocer qué elementos se pueden valorar en la escala económica y qué representa cada uno de ellos. Retomando la ilustración observamos de nuevo el típico telar germano con los ganchos metálicos, el cuchillo redondo y al fondo el golpeador de libros. 



En esta otra lámina "Der Buchhändler" observamos cómo los libros eran trasladados para su comercio. Se metían en grandes barriles en los que podían viajar largas distancias. Podían ir ya encuadernados, con encuadernaciones temporales o en rama (posiblemente protegidos por un envoltorio). Este punto del comercio del libro es muy interesante y nos da para otro artículo, pero aquí solo quiero recalcar el gran valor de los escasísimos ejemplares antiguos conservados con encuadernaciones temporales o en rama. Nunca jamás se deben encuadernar estos libros, son muy pocos los que han llegado a nuestros días en este estado. No solo se perdería de forma irreversible esta huella histórica, también su precio de mercado descendería drásticamente por muy rica que sea la nueva encuadernación que se les ponga.

Saltamos ahora a otro país para deleitarnos con las maravillosas acuarelas del pintor holandés Dirk de Bray en las que se ilustra el oficio de encuadernador. Publicadas en la obra Kort onderweijs van het boeckbinden en 1658. En 1977 salió al mercado un facsímil de esta preciosa obra.


En este dibujo vemos a tres trabajadores del taller desarrollando sus actividades. Una mujer(?) cose en el telar en un primer plano, se sabe que las mujeres participaban en los oficios de la elaboración de libros, muchas de ellas cosiendo, como parece representarse aquí. Al fondo hay otra persona cosiendo, pero no se distingue más que su sombrero, A la derecha un hombre encola el lomo de un libro, tiene a su lado una olla humeante con el preparado adhesivo, por lo que se deduce que es aplicado en caliente. 



En este dibujo observamos como un trabajador rebaja los cortes del libro con el cuchillo redondo, a sus pies caen los restos de papel que se reciclaban siempre, bien para devolver al molino papelero, bien para otros usos en el taller. En la pared más herramientas y a la derecha otro personaje trabaja los cortes de los libros, amontonados con los lomos opuestos. 

Y con las encantadoras acuarelas de De Bray ponemos el broche final a esta entrada.


BIBLIOGRAFÍA

Toda la información procede de los apuntes recopilados en los cursos especializados de "Historia de la Encuadernación Europea", impartidos por el Cat. Nicholas Pickwoad en España (2009) y París (2012), a los que tuve la suerte de asistir.

 
Con Nicholas Pickwoad en la Bibliothèque de l'Arsenal, París, 2013.
(La misma en la que trabajó de bibliotecario el escritor
Charles Nodier en el s.XIX).



Última revisión: 27/06/2019.

sábado, 25 de septiembre de 2010

DESTRUCCIÓN DE LIBROS - LA MARCA DEL INFIERNO

La memoria... ¿qué ocurre cuando nuestra frágil existencia abandona este mundo? los documentos gráficos son los portadores del pensamiento, de la historia. Es por ello que han sido castigados en tantas ocasiones a sufrir la triste suerte de la destrucción. Porque se puede matar al hombre, pero no es tan fácil matar sus ideas.

Estuche de cuero repujado
 para guardar libros, de origen
británico, s. XIV. En la parte superior
 se puede leer "memento mei". 


Ya en Egipto la lacunatio memoriae borraba todo rastro de aquellos sentenciados al olvido. Cercenar de los documentos escritos aquello que nunca debió existir, ni ser creado, ni ser pensado.

Damnatio memoriae en el torso
de Ajenatón. Los cartuchos que
contenían los nombres han sido
borrados (fuente aquí). 

Los libros destruidos que ya nunca podremos recuperar. Quién no se ha parado por un momento a meditar cómo hubiera sido nuestra historia de no haberse quemado la Biblioteca de Alejandría.

Recreación del interior de la
magnífica antigua Biblioteca
de Alejandría (fuente: aquí) 

Son tantos y tan desafortunados los capítulos en los que se repite este hecho, me vienen a la memoria aquellos nativos americanos que al ver arder sus libros a manos de los conquistadores no pudieron resistir la pérdida y se arrojaron a las llamas para consumirse con ellos, los portadores de su identidad cultural. Porque sin memoria estamos condenados a vagar sin rumbo.

Y la marca de esta condena la podemos aún ver hoy, en nuestra historia reciente, como un aviso de aquello que no debe ser leído:


Libro prohibido. Asturias, El Infierno


Así lo relata Fernando Báez en su obra Memoria de la destrucción de libros: además de los cientos de miles de muertos, la Guerra Civil Española dejó un desastre cultural ocultado durante décadas. Tambièn antes del inicio de la guerra se destruían libros, eliminándose de forma violenta  e indiscriminada las bibliotecas y archivos de los conventos.

En Octubre de 1934 Asturias sufrió un levantamiento popular que devino en muertes y destrucción de patrimonio, desatando una feroz represión. Las fuerzas del orden destruyeron los libros de más de 257 bibliotecas populares en los ateneos. El 13 de Octubre de 1934 la Biblioteca Universitaria de Asturias sufrió un terrible incendio que arrasó su admirada colección de manuscritos.

Tras estos hechos se creó una Comisión para la Depuración de Bibliotecas, fueron incautados todos los libros definidos como pornográficos, revolucionarios o nocivos para la moral pública. Y parte de los escritos fue colocada en una sección a la cual se denominó EL INFIERNO, en la Biblioteca Pública de Oviedo, reabierta sólo en 1974.


Allí donde queman libros, acaban quemando hombres
Heinrich Heine




BIBLIOGRAFÍA:

Báez, Fernando. Historia Universal de la destrucción de libros. Editorial Destino, Barcelona, 2004.